Cuentos Medievales: rezos.

 Anna Weber regresaba del mercado con el pescado salado cuando vio el gentío frente a la iglesia del castillo. Mañana era Todos los Santos y Wittenberg bullía de peregrinos; muchos venían a ver las reliquias.

Un fraile joven, de ojos cansados, clavaba un cartel en la puerta. Martillazos secos. Nadie se detuvo; los avisos universitarios eran habituales.

 —¿Qué dice? —preguntó ella a un estudiante. 

—Que el perdón no se compra. 

Anna apretó la cesta. Pensó en las misas pagadas por su hijo muerto. Miró la puerta, luego el cielo gris, y calló.

Esa noche rezó sin temor, confiada en que su pequeño Jan estaba en un lugar mejor.

 

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